martes, 30 de septiembre de 2014
Popcorn Time
Cuando era chica, mamá iba una vez por semana al cine con una de mis tías. Ese día nos cuidaba papá y el menú era algún guiso recalentado que mamá se había encargado de preparar con antelación. A veces renegaba por estar excluida de esos planes, pero la realidad es que en ese momento no hubiera podido sortear ninguno de los filtros de edad que acompañaban a las proyecciones. Cuando volvía del cine -o al día siguiente, dependiendo del horario de la función -, a sabiendas de que era poco probable que pudiera ver esa película en el corto plazo (no eran tiempos de internet en esta parte del continente), mamá me contaba la película que había visto de principio a fin, con lujo de detalles. La mayoría de las veces, reversionaba las escenas de alto voltaje con sutileza, pero sin engañarme. En mi cabeza, la película era fiel al guión original. Me consta. Pude constatarlo cada vez que el cable me devolvió una de esas historias. En algunos casos, la película que me había contado mamá era mejor que la del director y el contraste era inevitablemente decepcionante. En otros, sentía que estaba viendo esa cinta por segunda vez y, todavía hoy, me sorprendo con algo que ya creía haber visto, por primera vez, frente a la pantalla.
viernes, 19 de septiembre de 2014
Otro viaje
Quería trabajar en algún cuento abandonado a mitad de camino, pero la computadora nueva se toma su tiempo para copiar los archivos del disco externo. Me pongo a mirar fotos del último viaje que hice, mientras espero que pase el tiempo de descarga.
No sé qué tiene viajar, ni por qué genera eso que genera en mí. No la paso bien en los viajes, soy una estresada mental y a los dos minutos de estar caminando por una misma calle ya estoy añorando el instante en el que me siento a tomar una cerveza. Hay personas que aman la naturaleza, caminar por un bosque selvático – sí, es un bioma admitido -, sentarse, completamente chivados, a ver el atardecer sobre un valle que supo ser glaciar – sí, estas formaciones conviven en ese bioma admitido – y correr de un extremo a otro de un parque nacional hasta haber agotado todo eso que quedaba por ver en un par de kilómetros cuadrados. La misma gente, esa que se chiva todo de una punta a la otra, es la que adora recorrer las ciudades europeas de punta a punta en menos de ocho horas, que se compra quinientas guías que hablan sobre la misma ciudad y después te tira abajo el recorrido que hiciste en tu precaria aproximación a esa urbe por no haber subido al piso dieciocho del edificio Meimportaunbledo en una noche de luna llena, con cielo cubierto a medias, para ver como pegaba la luz sobre la cara anterior del monumento a Meimportamenosquelanterior. Todo bien, yo sigo esperando la cerveza que me voy a tomar después.
Odio las guías. Mi novio es de los que las leen. Y yo soy la freerider que se beneficia con la información hecha recorrido a través de sus pasos. A veces, me canso y hago berrinches sistemáticos hasta lograr erradicar algún punto de interés del circuito. Me excuso bajo la idea de todas las iglesias son iguales, es el quinto parque que visitamos y las plantas esas no son de acá, o no es que no quiera ir, pero volver a cruzarnos con el contingente de pamis-ex-unión-soviética y no poder ver nada porque son más altos que yo, es un bajón, entre otras. Y, erradicado el punto de interés, el momento que más disfruto, otra vez, es ese en el que me tomo una cerveza. En ese parque, frente a esa iglesia, a dos metros del contingente de turistas de la tercera edad. Además, detesto la vida nómade y siempre me dan ganas de quedarme un día más en cada ciudad. No para conocer algo nuevo, como le pasaría a cualquiera, sino para volver a sentarme en ese lugar que me gustó y recrear por unos minutos aquel instante en el que la vorágine viajera se detuvo y entendí todo.
Suelo mentirme a mí misma y me digo que lo que me gusta es caminar las ciudades, lejos de los museos y los monumentos. Falso. Lo que me gusta, de verdad, es ver cómo vive la gente. Y no quiero caminar de una punta a la otra. Quiero sentarme en el lugar en el que se sientan todos, cuando salen de trabajar. O poder conocer sus vidas por dentro y cumplir un poco la utopía marxista de ser todo lo que uno quiera ser, sin atarse a una tarea en particular. Una estudiante granadina de día, recolectar percebes en las costas rocosas de Galicia a la tarde y volverme bailaora de un tablado sevillano a la noche. Aunque no haga bien ninguna de las tres cosas, y prefiera el ocio de la vida académica al día siguiente, después de haberme destruido las manos removiendo crustáceos de una roca. Lo único que me gusta de viajar es esa fantasía de que podría vivir otras vidas –en la fantasía, siempre son mejores- distintas de la mía. Y no es que lamente la que me toca, pero, una sola y con tanto mundo alrededor, parece poco.
jueves, 18 de septiembre de 2014
Crónicas comodorenses I: Aquí todos bien
Esta entrada fue publicada originalmente en otro blog (con fecha 01/12/2012) pero debió haber sido publicada en este. En ese entonces, todavía con un optimismo ingenuo, creía que mi vida era la misma de siempre, sólo transplantada a una ciudad remota. Hoy hace dos años, tres meses y diez días que vivo en #CommodoreCity. Y ahora sé, con certeza, que nadie es el mismo después de haber vivido acá.
Me convertí en migrante hace seis meses. Siempre amé mi ciudad natal. Mis apreciaciones sobre Buenos Aires supieron estar muy lejos de las que manifiestan disgusto frente a los ruidos, el tráfico o el ritmo vertiginoso de la gran ciudad. Me gusta el quilombo. El quilombo asociado a la gran ciudad es la expresión más concreta -la cristalización- del conflicto subyacente a toda aglomeración. Es equivalente a decir, en criollo, "no voy a caretearla si, entre nosotros, está todo mal". El conflicto es algo "natural", inherente a la vida en sociedad y, las grandes ciudades, tienen la facultad de ofrecerse como escenario para ese sano y catárquico ejercicio que es el quilombo.
Mi nueva ciudad tiene la particularidad de ser -después de Buenos Aires- la ciudad más quilombera del país. En Comodoro Rivadavia, centro neurálgico de la actividad petrolera nacional, el conflicto está a la vuelta de la esquina. Ciudad heterogénea, reúne trabajadores de los lugares más reconditos de la república, quienes cargan en sus respectivas mochilas una infinidad de prácticas y visiones de mundo que les son absolutamente propias y, a su vez, ajenas a todo el resto. Se podría decir que el único factor común entre todos ellos es el trabajo -o la expectativa de conseguirlo-. En Comodoro nadie caretea. Todo es brutal y concreto. Las interacciones sociales no buscan esconder los intereses reales detrás de lo políticamente correcto. El interés real se sirve de entrada, las cartas están siempre sobre la mesa. Cuando alguien alcanza un nivel de vida considerablemente bueno, su casa adquiere un aspecto suntuoso y sus hijos exhiben frente a sus compañeros de colegio cada nueva adquisición en materia de juguetes y videojuegos, estableciendo un nuevo sistema de clasificaciones sociales al interior del barrio o el aula a través de sus consumos culturales. Lejos de ver esta característica de la ciudad como algo negativo, entiendo que la claridad de principios que rige por estos lares es algo sumamente beneficioso y a prueba de toda hipocresía. Pero lo suntuoso convive también con el descuido y la dejadez que azotan a los espacios públicos y a los hogares de quienes ven esta ciudad simplemente como un hogar de tránsito.
Otra singularidad de Comodoro, es el hecho de que está emplazada en un extremo de la Provincia del Chubut. Chubut es una provincia que, de no ser por la riqueza hidrocarburífera de -la porción que le corresponde- del Golfo San Jorge (donde se encuentra Comodoro), viviría entre la magra producción de sus valles agrícolo-ganaderos, el dulce -pero improductivo- hippismo de la cordillera, cierta bonanza del turismo madrynense y... pare de contar. En el medio de todo esto, más precisamente en el centro de la provincia, se encuentra la meseta. La meseta tiene algo de far west teñido de ese clima, bioma -o como se diga- tan propio de la mayor parte de la Patagonia Argentina: desierto.
La meseta es un lugar que roza la ciencia-ficción. Alguna vez pensado como depósito de residuos nucleares o, actualmente, como enclave provincial de la minería a gran escala, es una zona caracterizada por la ruralidad y el aislamiento. Hace unos meses, amistades chubutenses me hicieron descubrir un segmento radial propio de las regiones que poseen grandes extensiones de territorio con población rural: los mensajes al poblador rural. Todas las emisoras radiales de la provincia tienen este segmento que suele reunir a las familias de las comunas rurales frente al aparato radiotransmisor varias veces al día. El segmento de los mensajes al poblador rural es escuchado atentamente por todo el público al que está destinado, el cual padece, como rasgo característico, una seria dificultad para comunicarse por otros medios (sea por no poseer teléfonos o, directamente, no tener señal para realizar llamadas). El motivo que atraviesa a los mensajes puede ser muy diverso: desde el extravío de ganado hasta una cita para concretar no sé qué cosa, pasando también por eventos a realizarse en las distintas comunas. Mensajes tales como "Fulanito de Tal le comunica a sus hermanos que se acercará a la tranquera después del mediodía" o "Fulanita de Tal comunica a Fulanito de Tal que el lunes se encontrarán para atender lo acordado", están a la orden del día. Algunas personas avisan a sus familiares que arribarán a tal o cual estación a determinada hora a través de un mensaje emitido en este segmento, y es casi imposible no preguntarse si habrán escuchado el mensaje a tiempo como para ir a buscarlo. También están los mensajes destinados a informarle a familiares sobre nacimientos, el estado de salud de algún ser querido o, simplemente, contarles que se encuentran bien. Este tipo de mensaje suele finalizar con una fórmula preestablecida: "Aquí todos bien". La frase parece casi una regla procedimental, la cual tiene por objeto el tranquilizar a su destinatario y, además, resumir en tan sólo tres palabras un recuento que, de otra manera, podría implicar una hora de relatos al teléfono. Es, en cierto sentido, mágica y encierra, como tal, todo ese universo de estados físicos y emocionales que atraviesa a los habitantes de este territorio:
"Milagros G. y Juan Martín A. comunican a sus familiares y amigos que, después de seis meses en la ciudad de Comodoro Rivadavia, aún se encuentran en pie y entusiasmados. Aquí todos bien".
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