viernes, 19 de septiembre de 2014

Otro viaje

Quería trabajar en algún cuento abandonado a mitad de camino, pero la computadora nueva se toma su tiempo para copiar los archivos del disco externo. Me pongo a mirar fotos del último viaje que hice, mientras espero que pase el tiempo de descarga.

No sé qué tiene viajar, ni por qué genera eso que genera en mí. No la paso bien en los viajes, soy una estresada mental y a los dos minutos de estar caminando por una misma calle ya estoy añorando el instante en el que me siento a tomar una cerveza. Hay personas que aman la naturaleza, caminar por un bosque selvático – sí, es un bioma admitido -, sentarse, completamente chivados, a ver el atardecer sobre un valle que supo ser glaciar – sí, estas formaciones conviven en ese bioma admitido – y correr de un extremo a otro de un parque nacional hasta haber agotado todo eso que quedaba por ver en un par de kilómetros cuadrados. La misma gente, esa que se chiva todo de una punta a la otra, es la que adora recorrer las ciudades europeas de punta a punta en menos de ocho horas, que se compra quinientas guías que hablan sobre la misma ciudad y después te tira abajo el recorrido que hiciste en tu precaria aproximación a esa urbe por no haber subido al piso dieciocho del edificio Meimportaunbledo en una noche de luna llena, con cielo cubierto a medias, para ver como pegaba la luz sobre la cara anterior del monumento a Meimportamenosquelanterior. Todo bien, yo sigo esperando la cerveza que me voy a tomar después.

Odio las guías. Mi novio es de los que las leen. Y yo soy la freerider que se beneficia con la información hecha recorrido a través de sus pasos. A veces, me canso y hago berrinches sistemáticos hasta lograr erradicar algún punto de interés del circuito. Me excuso bajo la idea de todas las iglesias son igualeses el quinto parque que visitamos y las plantas esas no son de acá, o no es que no quiera ir, pero volver a cruzarnos con el contingente de pamis-ex-unión-soviética y no poder ver nada porque son más altos que yo, es un bajón, entre otras. Y, erradicado el punto de interés, el momento que más disfruto, otra vez, es ese en el que me tomo una cerveza. En ese parque, frente a esa iglesia, a dos metros del contingente de turistas de la tercera edad. Además, detesto la vida nómade y siempre me dan ganas de quedarme un día más en cada ciudad. No para conocer algo nuevo, como le pasaría a cualquiera, sino para volver a sentarme en ese lugar que me gustó y recrear por unos minutos aquel instante en el que la vorágine viajera se detuvo y entendí todo.

Suelo mentirme a mí misma y me digo que lo que me gusta es caminar las ciudades, lejos de los museos y los monumentos. Falso. Lo que me gusta, de verdad, es ver cómo vive la gente. Y no quiero caminar de una punta a la otra. Quiero sentarme en el lugar en el que se sientan todos, cuando salen de trabajar. O poder conocer sus vidas por dentro y cumplir un poco la utopía marxista de ser todo lo que uno quiera ser, sin atarse a una tarea en particular. Una estudiante granadina de día, recolectar percebes en las costas rocosas de Galicia a la tarde y volverme bailaora de un tablado sevillano a la noche. Aunque no haga bien ninguna de las tres cosas, y prefiera el ocio de la vida académica al día siguiente, después de haberme destruido las manos removiendo crustáceos de una roca. Lo único que me gusta de viajar es esa fantasía de que podría vivir otras vidas –en la fantasía, siempre son mejores- distintas de la mía. Y no es que lamente la que me toca, pero, una sola y con tanto mundo alrededor, parece poco. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario