martes, 30 de septiembre de 2014
Popcorn Time
Cuando era chica, mamá iba una vez por semana al cine con una de mis tías. Ese día nos cuidaba papá y el menú era algún guiso recalentado que mamá se había encargado de preparar con antelación. A veces renegaba por estar excluida de esos planes, pero la realidad es que en ese momento no hubiera podido sortear ninguno de los filtros de edad que acompañaban a las proyecciones. Cuando volvía del cine -o al día siguiente, dependiendo del horario de la función -, a sabiendas de que era poco probable que pudiera ver esa película en el corto plazo (no eran tiempos de internet en esta parte del continente), mamá me contaba la película que había visto de principio a fin, con lujo de detalles. La mayoría de las veces, reversionaba las escenas de alto voltaje con sutileza, pero sin engañarme. En mi cabeza, la película era fiel al guión original. Me consta. Pude constatarlo cada vez que el cable me devolvió una de esas historias. En algunos casos, la película que me había contado mamá era mejor que la del director y el contraste era inevitablemente decepcionante. En otros, sentía que estaba viendo esa cinta por segunda vez y, todavía hoy, me sorprendo con algo que ya creía haber visto, por primera vez, frente a la pantalla.
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